Al usar este sitio, usted acepta la Política de privacidad y los Términos de uso..
Aceptar
Cfin. Noticias de Sta. FeCfin. Noticias de Sta. FeCfin. Noticias de Sta. Fe
  • Santa Fe
  • Provincia
  • Pais
  • Mundo
  • Destacados
  • Se Comenta
  • Política
  • Economía
  • Deportes
  • Espectáculo
  • Más…
    • Actualidad
    • Municipios
    • Región
    • Rosario
    • Campo
    • Interior
    • Justicia
    • Legislativas
    • Entrevistas
Lectura: Medía 2,32 metros, fue el primer argentino en la NBA y murió olvidado: la triste historia del gigante González
Compartir
Notificación Mostrar más
Font ResizerAa
Cfin. Noticias de Sta. FeCfin. Noticias de Sta. Fe
Font ResizerAa
  • Santa Fe
  • Provincia
  • Destacados
  • Política
  • Se Comenta
  • Nación
  • Mundo
  • Economía
  • Deportes
  • Espectáculo
  • Inicio
  • Quiénes somos
  • Publicidad
  • Categoría Principales
    • Destacados
    • Se Comenta
    • Santa Fe
    • Provincia
    • Nación
    • Política
    • Economía
    • Educación
    • Policiales
    • Mundo
    • Espectáculo
    • Salud
  • Deportes
    • Fútbol
    • Formula 1
    • Tenis
    • Basquet
    • Boxeo
    • Deportes Automotor
  • Otras
    • Municipios
    • Sociedad
    • Ciencia & Tecnología
    • Turismo
    • Gremiales
    • Campo
    • Sucesos
    • Actualidad
    • Campo
    • Interior
    • Justicia
    • Legislativas
    • Región
    • Entrevistas
Tienes una cuenta existente? Registrarse
Seguinos
  • Contactenos
  • Blog
  • Complaint
  • Advertise
  • Espectáculo
  • Mundo
  • Nación
  • Policiales
  • Política
  • Provincia
  • Salud
  • Sociedad
  • Sucesos
  • Turismo
© 2022 Foxiz News Network. Ruby Design Company. All Rights Reserved.
Cfin. Noticias de Sta. Fe > Blog > Basquet > Medía 2,32 metros, fue el primer argentino en la NBA y murió olvidado: la triste historia del gigante González
Basquet

Medía 2,32 metros, fue el primer argentino en la NBA y murió olvidado: la triste historia del gigante González

Sfaff Cfin
Última actualización: 31/01/2026 a las 9:53 AM
Sfaff Cfin
Publicado 31 de enero de 2026
Compartir
26 lectura mínima
Compartir

Fue una desmesura. Eso: estaba fuera de medida. El mundo no estaba hecho para él. No entraba en casi ningún lugar.

Jorge González fue un gigante. Llegó a medir 2 metros 32 centímetros. Fue jugador de básquet, fue el primer argentino elegido en un draft de la NBA y tuvo un breve esplendor en la lucha libre norteamericana. Murió joven, triste y vencido, sin energías, cuando ya pocos se acordaban de él.

Nació en El Colorado, Formosa. Su padre trabajaba en la construcción. Familia numerosa y pobre que una madre amorosa y dedicada mantenía a flote. Jorge medía un metro setenta a los 8 años, más de uno noventa a los 12. Hasta ese momento sólo creían que era alto. Dejó la escuela temprano y trabajó de lo que pudo. Albañil, changas, pequeños mandados. La ropa y el calzado empezó a no entrarle.

Todo cambió la tarde en la que un viajante de comercio entró a ese bar de pueblo. Paró a ver unos clientes y decidió tomar algo fresco. Salió del baño de lavarse la cara, de sacarse el polvo que se había pegado en su frente transpirada, cuando vio entrar al lugar a un joven enorme. Gigantesco. El chico caminaba con la cabeza baja, los hombres caídos, las rodillas levemente flexionadas, como intentando ocultar su altura, tratando de parecer más bajo. Tenía 16 años y medía más de dos metros veinte. Lo dicho: un gigante. El hombre, Oscar Rozanovich se acercó, habló con él, tuvo que extirparle las palabras a ese joven tímido, que vivía perpetuamente a la defensiva. Sabía que era muy diferente a los demás y estaba acostumbrado a que lo señalaran, burlaran, excluyeran. Era septiembre de 1982. Hasta ese momento nadie había pensado que ese chico, el gigante del pueblo, pudiera convertirse en deportista.

Pocos días después, otro hombre entró al mismo bar de El Colorado, Formosa, y preguntó cómo podía encontrar a ese chico tan alto. Era una pregunta que cualquiera de los 10.000 habitantes del pueblo podía responder. El hombre era directivo de un club de básquet chaqueño y una vieja gloria provincial, Carlos Lutringer. Le ofreció un contrato. El chico le dijo que nunca había jugado al básquet. “No importa eso”, contestó el hombre sabiendo lo que decía. Fueron a hablar con los padres de Jorge que lo terminaron de convencer y en el mismo momento, después de despedirse, Jorge viajó a Resistencia. Esa noche, por primera vez en su vida, durmió en un hotel.

Casi se convierte en el Abebe Bikila del básquet. El etíope ganó descalzo la maratón de los Juegos Olímpicos de Roma 60; decía que se sentía más cómodo sintiendo el suelo en sus pies (cuatro años más tarde en Tokio repitió el triunfo pero ya calzado: adidas lo había tentado). Cuando Jorge González pidió autorización para jugar descalzo no se trató de una conexión con sus ancestros ni una cuestión espiritual. Fue algo bien pragmático: en el país nadie fabricaba zapatillas de su talla, las hormas industriales no aceptaban un talle 56.

Le mandaron hacer un par a medida. Al poco tiempo hubo que cambiarlas: ya calzaba 58. Hasta ese momento usaba una especie de sandalias franciscanas de fabricación casera, que era lo único que le entraba y protegía sus pies.

Apenas le pusieron una pelota de básquet en las manos, los entrenadores creyeron que a pesar de la altura sería imposible sacar un jugador de esa humanidad desmesurada. Pesaba más de 180 kilos, era torpe y se movía con mucha lentitud. La pelota parecía un damasco en sus manos. Cada vez que la picaba era como si el recorrido de la pelota entre el parquet y sus manos durara minutos, tanta era la distancia.

Pero Jorge fue aprendiendo. Primero el reglamento, luego los rudimentos del juego y a ubicarse en la cancha para aprovechar su tamaño. Se acercaba al aro y depositaba la pelota en la canasta. Ni bandejas ni volcadas. Era una especie de breve delivery que se convertía en doble. Fue muy importante para su equipo. Los medios nacionales comenzaron a hablar de él. Era la nueva esperanza del básquet argentino.

Cuando escuchaban hablar de él, los dirigentes de los equipos de la Liga Nacional de Básquet se interesaban. Creían que podían tener un arma infalible para ganar partidos ¿Quién iba a alcanzarlo? Y, en todo caso, sabían que si no resultaba buen jugador, también obtendrían beneficios: la gente se acercaría a verlo, a comprobar en directo la anomalía. León Najnudel, alma mater de la resurrección del básquet nacional, lo recomendó a Gimnasia y Esgrima. Allí hizo sus primeras armas. Hubo notas en diarios y en El Gráfico, pero también dificultades de adaptación y lesiones, muchas lesiones: no era un cuerpo predispuesto para el deporte. Volvió a Formosa.

El presidente de Sport Club Cañada de Gómez fue a buscarlo a la casa. Recorrió las calles polvorientas y vacías de El Colorado y estacionó su auto en la puerta del hogar de los González. Antes de anunciarse comprobó un par de veces la dirección en el papelito que guardaba en el bolsillo. Al espiar por la ventana y ver un sillón gigante, una especie de trono de madera maciza, se convenció de que estaba en el sitio correcto. Le gritaron que pasara. Al internarse en la casa fue siguiendo las voces. Encontró a Jorge pintando una de las habitaciones. Se enfrentó a una imagen inédita, algo que nunca había visto: Jorge González estaba pintando el techo sin necesitar escalera. Charlaron unos minutos y muy rápido arreglaron el contrato.

León Najnudel lo recibió en Sport Club Cañada de Gómez. Le enseñó los fundamentos del juego y lo cuidó y educó fuera de la cancha. Las estadísticas de González en la Liga Nacional fueron muy buenas. En sus tres años finales promedió casi 20 puntos y 12 rebotes por partido.

Llegó el llamado a la Selección Nacional. Jugó el preolímpico, campeonatos continentales y un cuadrangular en Madrid. Allí lo vio el scouter de Atlanta Hawks.

En esos años en Argentina le hacían notas con frecuencia. La mirada periodística oscilaba entre la fascinación por el fenómeno y la esperanza de construir un jugador de básquet imparable, una máquina humana de encestar. Si bien eran muchos los que lo conocían, su gran pico de popularidad ocurrió el 30 de agosto de 1989. Hacía poco más de un mes que Menem había asumido la presidencia de la República. El país ardía en la hiperinflación, el dólar descontrolado y la amenaza de que los saqueos reaparecieran. Menem estaba deslumbrado y deslumbraba con las apariciones en la prensa y con los beneficios y comodidades del poder. Parecía que se daba todos los lujos. Jugar con Maradona, la Ferrari, las vedettes, las cenas con celebridades, los trajes brillosos. Quizá esta haya sido su primera gran intervención fuera de libreto de su presidencia. Decidió jugar un partido de básquet a beneficio en el Luna Park. La Selección versus un combinado de Capital Federal. Menem, como no podía ser de otra manera, jugó para la Selección. Nobleza obliga: lo hizo bien y encestó varios tiros de larga distancia. En el momento de la presentación de los equipos, el presidente hábil manipulador mediático, alguien que representaba y anticipaba con precisión en su cabeza la tapa de los diarios y las revistas del día siguiente, se ubicó estratégicamente entre los dos jugadores más destacados del equipo. Los dos fenómenos (aunque cada uno con una acepción diferente del término): Pichi Campana y Jorge González. La mañana siguiente la foto de Menem y el Gigante González saludando con el brazo en alto, con la ridícula pero entrañable diferencia de estatura, fue portada de todos los diarios nacionales. “Aro, Aro, Aro”, tituló Página 12.

Por esos días Jorge González era la persona más alta del país y por apenas un centímetro no era el hombre vivo más alto del mundo: dos metros treinta y dos centímetros.

En 1988 quedó seleccionado en el draft de la NBA en el puesto 54 elegido por Atlanta Hawks. Fue el primer argentino en ser drafteado. En esos años parecía imposible que un argentino fuera seleccionado por una de las franquicias de la liga más importante del mundo. “Que un argentino fuera elegido en la NBA en el 88 era una especie de milagro”, contó alguna vez Fernando Bastide, su representante.

Los Atlanta Hawks tenían en su plantilla leyendas al final de camino como Moses Malone, cracks vigentes como Dominique Wilkins y jugadores confiables como Antoine Carr. Pero había también una curiosidad: jugaba Spud Webb, un muy habilidoso base de 1.68, casi un liliputiense para la NBA. Algún directivo habrá pensado que era una idea extraordinaria juntar en la misma plantilla a un enano y al gigante, tener a los dos extremos de la escala vertical de la liga.

Lo convocaron para su campamento de verano. Entrenó con ellos unas semanas y lo devolvieron a Argentina con un estricto plan de entrenamientos, rutinas kinesiológicas, tratamientos médicos y una dieta rigurosa: debía adelgazar 40 kilos en un año si pretendía integrar el equipo el año siguiente.

Cumplido el plazo, Jorge volvió a viajar a Estados Unidos. Ya solo al verlo bajar del avión, los ejecutivos del equipo se dieron cuenta de que no había cumplido con las indicaciones y que no lo contratarían. Antes de regresarlo a Argentina, a alguien se le ocurrió una idea y le hicieron un ofrecimiento que a otro deportista lo hubiera ofendido pero a Jorge le brindaba una oportunidad única. El magnate Ted Turner era uno de los empresarios con mayor renombre e influencia: la CNN, TNT, los Hawks, los Atlanta Braves, el romance con Jane Fonda. Una de las empresas de su conglomerado era de espectáculos de lucha libre, la segunda en importancia. Uno de los ejecutivos quiso aprovechar los pasajes en primera clase que habían pagado desde Argentina y luego de comunicarle que no iban a contratarlo para el equipo de la NBA porque no había bajado los 40 kilos que le habían pedido, le ofreció integrarse a la troupe de lucha libre. El contrato era muy tentador. Si superaba los tres meses de prueba, luego lo esperaba un vínculo de tres años de duración y pagos progresivos. 175.000 dólares el primer año, 225.000 el segundo y 350.000 el tercero. Una fortuna que nunca iba a poder ganar con el básquet.

Jorge González con timidez, casi con voz inaudible, les informó que nunca había peleado en su vida: ¿Quién se animaría a enfrentarse a alguien de más de 2.30 metros? Le dijeron que se olvidara, que lo entrenarían, le enseñarían los secretos del negocio y que se convertiría en una de las grandes atracciones de la liga. No le mintieron.

Faltaba un paso más. Debía comunicar a su club de la Liga Nacional que no iba a continuar, debía acordar la rescisión del contrato. En Sport Club Cañada de Gómez lo liberaron de inmediato. Nadie iba a hacerle perder la oportunidad de ganar un contrato que era imposible de igualar, que era hasta casi imposible de pensar en esa Liga todavía estableciéndose y en una Argentina que caminaba hacia la hiperinflación.

Lo apodaron, sin ninguna originalidad, El Gigante. Lo enfundaron en una malla color carne que cubría todo su cuerpo desde el cuello a los tobillos y que tenía dibujados músculos definidos en brazos, piernas y abdominales y vellosidades varias. En el reparto inicial le tocó estar del lado de los buenos. Revoleaba rivales por encima de las sogas hasta la tercera fila del ring-side, peleaba contra tres a la vez, lo encerraban en jaulas, partían sillas en su espalda. Muy rápido se convirtió en uno de los favoritos del público por su presencia imponente.

Tenía su propia toma y era (casi) infalible. La Garra del Gigante. Apoyaba la mano en la frente del rival y con el pulgar y el dedo medio apretaba muy fuerte las sienes. Todos terminaban arrodillados, clamando piedad, vencidos. Era su método favorito para terminar las peleas. Era la toma que lo identificaba, su firma personal. Otra toma que solía usar para terminar los combates era la Chokeslam que consistía tomar al rival del cuello levantarlo de allí haciéndole separar varios centímetros los pies del suelo y luego lanzarlo a la lona haciéndolo caer de manera horizontal. Una toma que no tenía nada que envidiarle a la Doble Nelson de nuestros titanes en el ring.

La segunda temporada hubo un cambio importante. Lo convirtieron en malo. Los chicos lo abucheaban, él los atemorizaba con su tamaño irreal. Al finalizar ese año una noticia inesperada lo devolvió a su pueblo. De manera súbita, había muerto su madre. Era una mujer joven, tenía 45 años. Él se enteró en el vestuario de un gran estadio. Lloró durante horas su dolor en la habitación de un hotel 5 estrellas hasta que le consiguieron pasajes para regresar a Argentina. Llegó tarde, un día después del entierro. Se quedó en El Colorado, semanas, meses. Muchos más de los otorgados por la licencia por duelo. No le importó, desoyó cada una de las convocatorias. No podía irse de su pueblo. Pasaba allí las tardes interminables y quietas, rodeado del calor y el polvo. Varios meses después consideró que era hora de volver a la lucha. Apenas llegó a Atlanta le informaron que rescindían el contrato por incumplimiento. No se había presentado en término y su estado físico no era el que fijaban las condiciones contractuales. No cobró el tercer año de contrato, el de los 350.000 dólares. Pero no se quedó en la calle, ni regresó al país. Lo contrató la competencia, la WWF. Comandada por Vince McMahon era la empresa líder en lucha libre (terminaría absorbiendo la estructura de Ted Turner unos años después). McMahon vio en Jorge el candidato ideal para reemplazar a un favorito del público, André The Giant, un francés de 2,23 metros que se había retirado por problemas de salud.

Una vez más el Gigante entretenía multitudes. Peleó con Hulk Hogan, The Undertaker y con todos los grandes nombres del momento hasta convertirse él mismo en uno de ellos. Mientras triunfaba Jordan, la NBA se imponía en el mundo y el Dream Team tomaba forma para arrasar en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, González se alejaba cada vez más del básquet.

En esos tiempos peleaba más de 200 veces al año, vivía en grandes hoteles, se trasladaba en limusinas, firmaba autógrafos (todavía no había teléfonos con cámaras que fueron los que jubilaron a los autógrafos) y hacía giras por México, Europa y Japón, donde se convirtió en una gran estrella. Hizo publicidades y participó en varias películas clase B y en una capítulo de Baywatch junto a Pamela Anderson y David Hasselhoff. Tenía chofer y una novia, Kimberley Patillo, Kimmy que lo abandonó sin dar explicaciones ni regresar 14 meses después de iniciar el vínculo.

Una noche después de una presentación en Japón volvió a sentirse mal. mareos, un desvanecimiento. No era la primera vez que le pasaba. Se retiró. Volvió a Formosa. El plan original era una vez dejada la lucha, regresar unos años al básquet, a la Liga Nacional. Pero las rodillas ya no daban más. Era inimaginable sostener una temporada. No estaba en condiciones ni siquiera de jugar un partido. Probó en Andino de La Rioja. Allí le descubrieron la diabetes, la hipófisis muy deteriorada, los órganos funcionando mal. Hacía tiempo que la sensibilidad en los pies había disminuido notoriamente pero Jorge no le había prestado atención, pensó que se trataba de algún problema con el calzado, algo que le había sucedido toda la vida.

Comía con voracidad. Las anécdotas sobre sus atracones son célebres. Doce alfajores consecutivos, los desayunos en los hoteles de gira con docena y media de medialunas, aperitivos con 12 o 14 empanadas.

Eran otros tiempos y los jugadores y los artistas (él fue ambas: basquetbolista y luchador) tenían menos monitoreo profesional y la salud no estaba escaneada como en la actualidad. Cualquiera podía haber hecho un diagnóstico de su condición, no se necesitaba ser un súper especialista para decir que padecía de gigantismo acromegálico. La glándula pituitaria produciendo hormona de crecimiento sin parar, de manera excesiva. También problemas vasculares, diabetes y varias cosas más. Nunca se cuidó demasiado.

En los primeros hoteles en los que vivió desarrolló un método que no era demasiado cómodo pero que al menos le permitía dormir: al pie de la cama ponía algunas sillas que funcionaban como alargadores para que sus piernas no quedaran en el aire.

Con la plata que fue ganando en el básquet y en la lucha, se hizo la casa de El Colorado a medida. Los marcos de las puertas eran altísimos, los artefactos de baño y de cocina estaban colocados sobre plataformas de cemento de un metro de altura, la cama medía 2.70 metros de largo (y reforzada) y muchos de los muebles parecían sacados del set de filmación de Querida Encogí a los Niños: muebles enormes que hacían parecer a las personas muy pequeños. Excepto, claro, a Jorge.

En los siete años como luchador, como The Giant, había ganado buena plata. pero también había gastado mucho, realizado malas inversiones y había sido generoso con sus hermanos. En poco tiempo se quedó sin nada.

Su padre se murió y él se quedó con su hermanastro de 8 años. Sus hermanos vivían en la casa de al lado, la que había sido la casa familiar.

En El Colorado sus días eran lánguidos e iguales. Cada tanto llegaba desde Buenos Aires una periodista para entrevistarlo, para contar la historia del hombre más alto del país, que había pasado de ídolo deportivo a fenómeno del circo de la lucha libre.

Jorge no tenía proyectos. Sentado en su sillón enorme, en ese trono de roble, usando una silla de ruedas como caminador, dejaba pasar el tiempo. Esperaba. Una ayuda del gobierno, un subsidio, la llegada de una medicación desde Capital, el momento de viajar para que lo vean nuevos médicos, que alguna vecina aceptara una de sus propuestas amorosas. Esperaba que llegara la muerte. Estaba convencido de que moriría joven. Se apoyaba en las estadísticas. Decía que los que padecían su enfermedad morían entre los 45 y los 50 años. En vez de salir a devorarse esos últimos años, el Gigante se sentó a esperar que la muerte lo fuera a buscar. Se había resignado y se había quedado sin fuerzas. Como si ya no pudiera lidiar contra las dificultades de un mundo hecho a otra escala, un mundo que le quedaba incómodo desde que tenía memoria, que provocaba que todos lo miraran, que le hicieran saber que era diferente al resto: “Soy el oso de circo de todos estos. Vienen a ver al monstruo de dos metros treinta y a cagarse de risa: ‘ Uy no sabés las manos que tiene, la cabeza’. Se creen que porque estoy siempre acá tengo que atender a todo el mundo”, le dijo a Leila Guerriero.

El Gigante González cumpliría hoy 60 años. Vivió muchos menos.

Es posible que no haya soñado con millones, lujos, mujeres, ovaciones, ni tapas de diarios aunque consiguió cada una de esas cosas. Sus sueños más habituales eran otros, más comunes, menos ambiciosos pero absolutamente imposibles. Jorge González soñaba con ser normal.

Sufrió una de las peores condenas, un motivo del que se alimentó la Biblia y la mitología. Aquello que lo llevó al éxito, fue lo que significó su perdición, lo que lo llevó a la muerte temprana.

Jorge González murió el 22 de septiembre de 2010 en el hospital de General San Martín, Chaco, donde lo habían trasladado desde El Colorado, su pueblo formoseño, el mismo lugar en el que nació. Estaba solo, cansado y enfermo.

Tenía 44 años. Hacía mucho tiempo que las energías lo habían abandonado. Hacía mucho tiempo que se había entregado con mansedumbre a su destino trágico. La muerte no lo sorprendió, la esperaba, resignado a no encajar en el mundo.

Carlos Delfino anunció su retiro y se despide el último representante de la Generación Dorada
Argentina perdió ante Brasil en la final de la AmeriCup 2025 y quedó subcampeón
Facundo Campazzo, histórico: conquistó por quinta vez la Liga ACB de España y recibió el premio MVP de la final de manos de una leyenda
Thunder derrotó a los Pacers y se coronó como el nuevo campeón de la NBA 2025
Impacto en la NBA: acordaron la venta de Los Ángeles Lakers en una cifra histórica
ETIQUETADO:Gigante Gonzalez
Compartir este Artículo
Facebook Whatsapp Whatsapp Email Impresión
Artículo Anterior Miramar: una adolescente de 15 años fue maniatada y violada en la playa por un hombre armado con un cuchillo
No hay comentarios

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Últimas Noticias

Miramar: una adolescente de 15 años fue maniatada y violada en la playa por un hombre armado con un cuchillo
Sucesos
Caos en Mendoza: miles de usuarios sin luz y rescates por un fuerte temporal
Destacados
Brian Fernández es nuevo refuerzo de Fénix y seguirá su carrera en el Ascenso uruguayo
Fútbol
fentanilo contaminado
Fentanilo contaminado: ordenaron nuevas pericias y podrían agravarse las penas de los 14 procesados
Sucesos
Delcy Rodríguez durante un acto de carácter gubernamental.
Delcy Rodríguez anunció una ley de amnistía general y el cierre de la cárcel del Helicoide
Mundo

Seguinos

FacebookMe Gusta
XSeguidor
InstagramSeguidor
YoutubeSuscribir
- Publicidad -
Ad imageAd image
- Publicidad -
Ad imageAd image
- Publicidad -
Ad imageAd image

También Podría Gustarte

El triple imposible que dio la vuelta al país: Ferro le ganó a Boca en el último segundo

12 de junio de 2025

¿El adiós de una leyenda? LeBron James duda sobre seguir en la NBA

3 de mayo de 2025

Los Lakers quedaron eliminados en los playoffs y LeBron James hizo una declaración impactante sobre su futuro

1 de mayo de 2025

Sorpresa en la NBA: Denver Nuggets despidió al entrenador Michael Malone a semanas de playoffs

9 de abril de 2025
about us

Agencia de Noticias de la ciudad de Santa Fe y la Región. Ciudad de Santa Fe. Santa Fe - Argentina.

Institucional

  • Quiénes somos
  • Publicidad
  • Contactenos

Secciones

  • Campo
  • Sucesos
  • Turismo
  • Fútbol

Secciones

  • Formula 1
  • Basquet
  • Boxeo
  • Tenis

Red Social

© 2008 | Agencia Cfin.com.ar - Santa Fe - Argentina | All rights reserved.
Welcome Back!

Sign in to your account

Username or Email Address
Password

¿Perdiste tu contraseña?