La ciudad de San Justo, cabecera del departamento homónimo y ubicada a 101 kilómetros de la capital provincial, fue escenario el 10 de enero de 1973 de un fenómeno extremo que cambió su historia para siempre. En apenas dos minutos, un tornado de categoría F5 —la máxima en la escala Fujita-Pearson— arrasó un barrio entero, provocó una destrucción total y dejó un saldo de víctimas que aún hoy no tiene una cifra definitiva.
Aunque pasaron más de cinco décadas, el recuerdo sigue vivo entre quienes sobrevivieron. Las sensaciones de calor sofocante, humedad extrema y un viento incontrolable antecedieron al episodio más violento que haya registrado Sudamérica en términos meteorológicos.
Un fenómeno extremo que dejó una ciudad en ruinas
El tornado ingresó a San Justo desde el norte hacia el sur, a la altura de la ruta nacional 11, y avanzó por unas 35 manzanas, desintegrando viviendas, comercios y todo lo que encontraba a su paso.
Volaron autos, camiones, animales y personas, algunas de las cuales fueron halladas sin vida a cientos de metros del lugar donde se encontraban.
El registro oficial contabiliza 65 muertos, pero distintas investigaciones —que incluyen fallecimientos posteriores— elevan la cifra a al menos 80 víctimas fatales, además de 600 heridos, unas 500 viviendas destruidas y cerca de 2.000 vecinos directamente afectados.
El tornado F5: el “dedo de Dios”
La violencia del fenómeno fue tal que fue clasificado como F5, categoría reservada para tornados con vientos de entre 420 y 510 km/h, capaces de provocar daños totales.
El propio Tetsuya Fujita, creador de la escala, estudió el caso de San Justo, considerado desde entonces el tornado más devastador del hemisferio sur.
Entre las imágenes que quedaron grabadas en la memoria colectiva se destaca la de un automóvil incrustado en el primer piso de un hotel, tras haber volado más de 300 metros.
Historias de supervivencia bajo los escombros
Los testimonios de quienes lograron salir con vida describen escenas de caos absoluto. Personas sepultadas durante horas, familias separadas, bebés rescatados entre ruinas y vecinos deambulando en estado de shock.
“Pensé que era el fin del mundo”, relató uno de los sobrevivientes, que permaneció atrapado bajo metros de escombros mientras escuchaba los gritos de su familia. Otros recuerdan haber despertado cubiertos de barro y mampostería, sin poder pedir ayuda.
El silencio, la memoria y la reconstrucción
Durante décadas, muchos habitantes de San Justo evitaron hablar del tornado. El trauma psicológico fue profundo y persistente. Recién con el paso del tiempo, y a partir de iniciativas locales como monumentos conmemorativos y libros de testimonios, la palabra comenzó a sanar.
“Nos equivocamos guardando silencio. La palabra sana”, coinciden varios sobrevivientes que hoy consideran fundamental mantener viva la memoria colectiva.
A 53 años, una herida que sigue abierta
Cada 10 de enero, San Justo recuerda a las víctimas del tornado con actos religiosos y homenajes. Para la comunidad, no se trata solo de una fecha histórica, sino de una marca identitaria que aún hoy condiciona emociones, recuerdos y silencios.
“Lo material se recupera, pero las vidas no”, repiten quienes atravesaron aquella tarde de 1973 que convirtió a San Justo en sinónimo de tragedia, resiliencia y memoria.

